La lirosofía. Un ensayo de porvenir

Jean Epstein, cineasta y pensador, escribe en 1922 un manifiesto en nombre de una existencia mental, virtual y utópica. En la saga de un raro nietzscheísmo, afirma que así como la religión agotó su creencia dando paso a la ciencia, la ciencia también declinará la suya (“se cree en los microbios como se cree en Jesucristo…”) en nombre de una creencia superior a medida que la vida del hombre se vaya transformando. Nacerá así la lirosofía, fusión entre sentimiento y razón.

La lirosofía es superior a la ciencia porque lejos de tener que desterrar el sentimiento y la pasión para existir, se apoyará en ese suelo afectivo y fundará allí su evidencia: la evidencia de sentimiento. Su eficacia incontestable e inmediata se verifica entre otras cosas en el amor, el cine, la cábala o el comportamiento de los niños.

Por el contrario, en la ciencia declinante reina lo mediato: una actividad en la que la conciencia permanentemente filtra y no deja emerger la vida subconsciente. Pero la sociedad moderna, hija de la ciencia, produce su propio búmeran. Con su frenética actividad mental donde todo se calcula, todo se mide y todo es acción, provoca un estado creciente de fatiga y cansancio intelectual que favorece la emergencia de la actividad subconsciente.

El subconsciente supura cuanto más se lo intenta taponar, y desliza así al ser humano hacia el estado lírico. Es el suelo del que surgirá, según Epstein, la estética lirosófica.

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Detalles del libro

ISBN

978-987-3831-42-3

Editorial

Cactus

Año de publicación

2019

Cantidad de páginas

128

Encuadernación

Rústica

Sobre el autor

Jean Epstein

Jean Epstein

Fue un teórico y director de cine francés de origen polaco.
Comenzó dirigiendo sus propias películas en 1922 con Pasteur, seguida de otros dos filmes, L'Auberge rouge y Coeur fidèle, ambos de 1923.
Más adelante, el futuro director de cine Luis Buñuel trabajó para Epstein como director asistente en Mauprat (1926) y El hundimiento de la casa Usher (La Chute de la maison Usher, 1928) en la que únicamente participó durante el rodaje de los interiores. Parece claro que esta experiencia pesó, para bien, en Un perro andaluz; luego se separarían, sobre todo, por la admiración de Epstein hacia Abel Gance, que no compartía el aragonés.